Volumen 20 núm. 1 - Junio de 2014

 

A ciencia y conciencia

 

JORGE ARTURO DÍAZ REYES, MD*

 

El dieciocho de diciembre pasado, Gene Bunin, joven ruso-estadounidense, desconocido estudiante de posgrado a punto -tras cuatro años cursados- de obtener el doctorado en ciencias de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, renunció, mediante carta abierta en la cual cuestiona la academia, su investigación y su método científico.

 

Las críticas, impersonales, avaladas con el abandono a la ilusión de una vida, fueron recibidas en muchos países como una denuncia más del malestar que afecta la ciencia y su enseñanza. Todas ellas apuntan a un fantasma: el de la impostura que privilegia la imagen sobre el contenido mismo, que ronda la cultura posmodernista.

 

Que en los centros universitarios casi todo el trabajo de investigación lo hacen los estudiantes de posgrado, para que los docentes firmen, ocupen primeros lugares de autoría, ensanchen su currículum y mantengan el estatus académico.

 

Que la investigación con frecuencia está guiada más a la proyección personal e institucional que a la búsqueda crítica de la verdad.

 

Que la política del «publica o muere» ha propiciado la proliferación de literatura vistosa, sobre temas de moda, sin aportes originales.

 

Que las revisiones de pares académicos adolecen de subjetivismo.

 

Que la academia tiende a ser más negocio que ciencia.

 

Que los jefes de los servicios gastan más tiempo en buscar fondos y prestigio que en investigar.

 

Que las investigaciones especializadas, que requieren años de trabajo antes de justificar algún informe preliminar serio, son soslayadas.

 

Que este sistema se reproduce transmitiéndolo al alumno mediante premio, castigo y ejemplo, descartando al que no lo asimila.

 

Termina con un: «me voy a buscar la ciencia verdadera por otro camino», y su lectura hiere, al tocar situaciones a todos familiares. De ahí su repercusión como un grito interior, que se une al fragor de la denominada «Guerra (exterior) de las ciencias», librada en el alto nivel del pensamiento actual, por el mismo punto de conflicto: la impostura.

 

El ataque a la ciencia, incluso violento, es tan antiguo como su lucha por la certeza. Su historia, ha sido la contradicción entre razón e instinto; conocimiento y superstición; saber y creer; libertad y poder. Porque su esencia es, cuestionar, comprobar y volver a cuestionar.

 

En este maravilloso viaje de la mentira y la verdad, el pensamiento científico, el mágico y el religioso se han confrontado siempre, hasta en la misma persona. Paracelso, médico y astrólogo prometía convertir el plomo en oro. Newton era supersticioso, y Mendel sacerdote.

 

Pero la inteligencia, la lógica, la objetividad, el racionalismo, la ilustración, y sus respuestas fueron erigiendo la ciencia sobre otras visiones e intuiciones de la realidad, aunque sin liberarla de su asedio.

 

La explosión en el siglo veinte de la tecnología, el consumo y la producción, juntó a las convulsiones sociales, económicas, culturales, políticas, concomitantes, así como la tiranía de los intereses corporativos en la investigación, y el desastre ambiental, han fortalecido el escepticismo y el rechazo al progreso basado en la moderna racionalidad técnico-científica, reactivando fuerzas rracionalistas y anticiencia, pertrechadas por la intelectualidad posmoderna, con alegatos de contra ilustración, seudociencia, (como el regreso a las medicinas alternativas, por ejemplo) y un relativismo que condiciona la verdad al sujeto y circunstancias que la formulan. Es otra batalla de la vieja guerra, con armas nuevas.

 

Una contraofensiva fue lanzada por los físicos, Alan Sokal y Jean Bricmont, norteamericano y francés, respectivamente, con su libro «Imposturas intelectuales» (1999), el cual, parte de una parodia digna de Moliere, montada por el primero, al publicar en la revista Social Text, y hacer aplaudir «como serio», un artículo disparatado, lleno de citas absurdas pero auténticas, tomadas de famosos intelectuales, remedando sus teorías posmodernistas.

 

El libro derivado, atiende dos frentes. Primero, el abuso retórico de conceptos y términos científicos por parte de íconos en boga: Jacques Lacan, julia Kristeva, Luce Irigaray, Jean Baudrillad, Bruno Latour, Gilles Deleuze y otros. Les deja en evidencia, como «prestigios vacíos» que lanzan a la cara de lectores no científicos una jerga sin sentido, coherencia, ni fundamento.

 

Su segundo blanco es el «relativismo epistémico» columna conceptual de la posmodernidad, para el cual la ciencia es un mito, un relato, una elaboración social, otro tipo de religión.

 

Ya el psicólogo inglés David Bloor en su artículo «Anti-Latour» había tomado partido con su frase perogrullezca: «Es el conocimiento el que está construido socialmente y no la realidad».

 

Vivimos la versión actual de lo que Freud, llamara malestar en la cultura, causado por la presión de la estructura socioeconómica sobre el comportamiento humano y en general sobre la civilización. La sintomatología que produce la renuncia obligada del individuo a su libertad instintiva e intelectual, incluida la verdad, a cambio del cobijo de la sociedad.
 

Malestar en la cultura, que lo comprende todo, academia, arte, ciencia, técnica, cotidianidad, vida... Más, a medida que la multiculturalidad se diluye en la globalización.

 

Por coincidencia, el mismo día que Bunin firmó su carta en Suiza, circuló la edición anterior de la Revista Colombiana de Cirugía Plástica y Reconstructiva, cuyo editorial, se preguntaba en qué medida nos atañe todo esto. Como especialidad quirúrgica dedicada a la modelación (in vivo) de la forma humana, somos, arte, ciencia y técnica, aplicadas, de raigambre académica, y por tanto, parte integral de la cultura y sus vicisitudes. Nos atañe mucho.

 

Y es inocultable que desde la terrible guerra, donde los esfuerzos reconstructivos de Sir Harold Guillies, le granjearon el título de padre de la moderna cirugía plástica, nuestra profesión ha galanteado cada vez más la virtualidad. El mismo Guillies, durante un congreso en Roma en 1930, ante la pregunta de prensa: ¿Cuál es el mayor avance presentado? Respondió escuetamente pero no sin sarcasmo: «La fotografía».

 

Seguro, el fundador advertía que para este oficio, cuya razón de ser es la imagen, la imagen también podría ser la razón de su no ser. Las transformaciones posteriores confirman esa premonición de nuestro abuelo académico; el avance de lo virtual sobre lo real, de lo adjetivo sobre lo sustantivo, de lo cosmético sobre lo estético.

 

Estamos inmersos en el fluir de la cultura, compartimos sus valores, visiones, anhelos, y quiera que no estamos involucrados en la eterna confrontación de la verdad y la impostura. A cada paso debemos decidir entre reconocer que somos ciencia, o dejarnos llevar por cantos de sirena. Lo primero es más difícil, pasa inexorablemente por la racionalidad y la honestidad intelectual. Lo segundo es más cómodo, rentable y quizá glamuroso pero es otra cosa. En esa disyuntiva nos movemos, individual y colectivamente siempre.

 

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