Felipe Coiffman

JORGE ARTURO DÍAZ REYES

Resumen



Hace dos milenios y medio, casi por la misma época en que moría Buda, nacía, en una pequeña isla del Egeo,un hombre que cimentó la medicina moderna. Nieto e hijo de médico, se había dedicado al estudio del oficio familiar desde los trece años, cuando le abrieron para ello el templo de Aesclepio.

Después, en Egipto, completó su formación, y al morir, tras larga vida de asistencia, aprendizaje y magisterio, dejó una obra; canon del pensamiento médico, que sus discípulos recogieron en el llamado “Corpus Hipocraticum”.

Su ejemplo y enseñanzas le han valido la gratitud de los siglos y el título: padre de la medicina. Este hombre, que nos legó a sus continuadores, el poder implícito en el conocimiento, nos impuso también un juramento de honor, para que hiciésemos uso decente de su herencia.
Hoy, cuando la cirugía plástica colombiana llora la desaparición de su más grande maestro, debemos refrendar el primer precepto del viejo y trascendente voto: “Honraré al que me enseñó este arte, como a mis progenitores…”

Y al honrar filialmente la memoria del que nos enseñó a tantos. El que sembró e hizo florecer en Colombia, el arte reconstructivo y estético de la Cirugía. El que nos inició en los secretos del restaurar, embellecer, comprender y ejercer que la dignidad de la vida, su calidad, es tan importante como la vida misma, y que la cirugía de la forma humana, que dicen es la del alma, ensancha las modestas posibilidades de la medicina: curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre.

Ahora, mirando hacia su vida concluida, tenemos que decir aquí, aunque parezca un calambur, que la historia de esta otra manera de hacer la cirugía, la historia de la Cirugía Plástica colombiana, es la historia de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica Estética y Reconstructiva, y que no se puede pensar en ninguna de las dos sin pensar en este hombre tesonero, motor en su construcción. Quién siendo último fundador sobreviviente, cumplió hasta su momento final con ambas, como padre afectuoso, probo y diligente.

Felipe Coiffman no nació en Colombia, pero fue colombiano, y lo vivió y mereció por más tiempo que muchos de nosotros. Arrastrado por uno de los muchos éxodos judíos, fue traído niño, con cuatro años, a la cordillera central de nuestro país, desde su aldea natal en la hoy Ucrania. La pequeña Nova Sulita, cerca de la frontera rusa, masacrada por los nazis poco después de su salida. La fortuna le libró de aquel horror, pero no de la violencia que pronto y durante toda su vida presenciaría dolido y trataría de paliar con su piedad, su servicio asistencial y su ejemplo de tolerancia en la nueva patria. Se graduó bachiller en el colegio Isidro Parra de El Líbano (Tolima), y con honores, médico de la Universidad Nacional en 1951. Después de su servicio rural en Armero, y de su matrimonio con Fanny, en Bogotá 1954, fue al Hospital Monte Sinaí, de la Universidad de Columbia en Nueva York, donde hizo la especialización en el Servicio de Arthur Barski a cuyo lado afiló su pragmatismo quirúrgico, su puntualidad estricta y su vocación por hacer fácil lo difícil.

De regreso, todo fue un afán de ser útil. Vinculado a la Universidad Nacional, como instructor en su Servicio de Cirugía Plástica, primero de posgrado que se aprobó en el país, ubicado en los hospitales, Pediátrico de La Misericordia y San Juan de Dios de Bogotá; bajo la dirección del profesor Guillermo Nieto Cano, quien fuera también cofundador y primer presidente de la SCCP. Le acompañó en esa empresa como primer secretario general de la misma. De su puño y letra conservamos el acta fundacional de 1956. Mucho después, las dos instituciones agradecidas le concederían sus máximas distinciones: Profesor Emérito, la primera y calidad de Miembro Emérito único durante muchos años, la segunda.

Pero también le otorgaron membresías distinguidas otras importantes organizaciones como: Sociedad de exalumnos de la Universidad Nacional, Academia Nacional de Medicina, Federación Médica Colombiana, Colegio Colombiano de cirujanos, Sociedad Colombiana de Cirugía de la Mano, Federación Ibero-latinoamericana de Cirugía Plástica FILACP, Confederación Internacional de Cirugía Plástica y Reconstructiva IPRAS, de la cual fue miembro del Comité Ejecutivo Central durante 8 años como representante de Latinoamérica, Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética, en cuya dirección fue representante de Colombia durante 10 años, Sociedad Americana de Cirugía Plástica y Reconstructiva, Sociedad Americana para la Cirugía Plástica y Estética, Colegio Americano de Cirujanos, Sociedad Americana de Medicina y Cirugía Laser….

Para nuestra sociedad, ejerció con lujo casi todos los cargos en la Junta Directiva Nacional, y la presidió en diferentes períodos. Presidiendo así mismo, varios congresos nacionales y el VII Ibero-Latinoamericano de Cirugía Plástica 1988, en Cartagena. Y desde la fundación hasta el momento de su muerte, siendo destacado miembro del Comité asesor de esta Revista Colombiana de Cirugía Plástica y Reconstructiva, a la cual contribuyó siempre como activo árbitro y par académico.

Sirvió también como cirujano adscrito en la Clínica San Pedro Claver del Instituto Colombiano de Seguros ISS. Y desarrolló su prestigiosa práctica privada, primero, por largos años, desde su propia unidad y luego en la Fundación Santa Fe de Bogotá.

Miríadas de pacientes, multitud de médicos, estudiantes, trabajadores de salud y la comunidad toda fuimos beneficiarios de sesenta y siete años de su sabiduría, docencia y humanidad.

Era muchas cosas. Pero, ante todo un siempre joven inquieto. Mente de par en par hasta el final. Observador, curioso, artesano, alquimista, investigador, escritor, artista, realizador, médico, maestro, amigo. Rebelde también, cuando lo creyó justo. Ensayó por un tiempo modalidades de formación en el postgrado, que discre paron con la política oficial de la SCCP, limitante a su parecer. Pero como siempre, dispuesto a reconocer y corregir, aceptó la crítica y enmendó.

Su pequeña clínica personal en la que ofició tantos años lo retrataba; el taller trabajoso abajo, el estudio creativo, la biblioteca prolija, el consultorio íntimo, el quirófano riguroso, la cafetería jovial. Y en todas partes él, llenando con su personalidad la jornada.

En las noches de sus ajetreados días, ideaba, diseñaba, fabricaba y modificaba con sus propias manos, instrumentos, prótesis, accesorios. Aislaba y mezclaba químicos. Probaba y comprobaba. Buscaba soluciones a los problemas de la práctica quirúrgica cotidiana, adaptaciones a su manera personal de hacerla. No existió para él frontera entre trabajo intelectual y físico. La cirugía es ante todo trabajo manual y habilidad decía.

No fue el primero que intentó rehabilitar a cuchillo, funcional y estéticamente, los congénitos, los quemados, los niños y adultos, los destrozados, los calvos, los impotentes, los transgénero, los feos, los viejos, los desgraciados. Pero sí quizá uno de los que con más comprensión, tesón y terquedad lo intentó. Esforzado
pionero nacional en muchos frentes de la especialidad. Explorador para el cual todos los detalles enseñaban y retaban.

–¿Sabes cómo inicié mi técnica e instrumental para injertos de cuero cabelludo? …Leyendo un artículo en “Selecciones” (la revista hogareña)—Y mientras el alumno sonreía como creyéndose víctima de una de sus frecuentes bromas, él se quedaba serio mirándolo a los ojos, diciéndole sin hablar que la ciencia no pasta solo en el cercado académico.

Su larga experiencia reconstructora, su sensibilidad artística y su destreza hicieron de él un virtuoso y muy solicitado cirujano estético. Exitoso es el término vulgar. –-Lo que nadie sabía era que cuando volví de Estados Unidos especializado, lo único que tenía eran dos horas alquiladas en el consultorio de un amigo, una pinza y una tijerita para quitar puntos— Reía de sí mismo.

Perteneció a una generación de Ibero-Latinoamericanos, en la que brillaron entre otros maestros ya idos quienes fueron sus amigos y compañeros en la cohesión, el engrandecimiento y la dignificación del oficio, Fernando Ortíz Monasterio, José Guerrero Santos, Ivo Pitanguy, Fortunato Benaím, Jaime Planas, Bension Goldemberg… En la Universidad formó parte de uno de los inolvidables equipos docente-asistenciales con Guillermo Nieto-Cano, Rafael Caballero, Abraham Cuperman, Samuel Ortegón, Cristóbal Sastoque, Augusto Muñoz, Orlando Pérez, Rafael Duque.

Siete intensas décadas médicas, durante las cuales realizó miles y miles de consultas, cirugías y atenciones hospitalarias. Experiencia enorme repensada y comunicada en más de 180 trabajos escritos y presentados en congresos nacionales e internacionales, publicados en diferentes revistas científicas y en su enciclopédico tratado “Cirugía Plástica, Reconstructiva y Estética”, texto básico para universidades de varios países. Este, como el “Corpus Hipocráticum” en su época, es ahora la obra escrita más extensa de la especialidad en cualquier idioma.

Como reconocimiento a estos y otros altos méritos, recibió numerosos títulos y condecoraciones médicas, académicas y ciudadanas. Pero estamos obligados a honrarlo, no adularlo, cosa que no nos perdonaría. Quienes tuvimos la suerte de compartir con él, intimidad, trabajo y amistad, quienes pudimos conocer a fondo su condición humana, que como la de todos es la suma de virtudes y defectos, fortalezas y fragilidades, vacíos y plenitudes, tenemos derecho a pensar, como pensamos, que, por encima de todos los honores otorgados a su larga gesta profesional, para esa su condición humana, quizá no hubo premio suficiente.

Cada uno de la infinidad de beneficiarios de su larga misión profesional tendrá su propia semblanza y su colección de recuerdos. Entre sus discípulos circula oralmente todo un catálogo no recopilado, al cual cada nueva promoción agregaba capítulos. Momentos, frases y gestos que remedados graciosamente le divertían a él más que a nadie.

No fue perfecto, fue humano. Supo contener sus emociones y transformar sus disgustos en humorísticas y a la vez autocríticas reconvenciones.

—Si no quiere aprender a operar no aprenda, pero al menos apréndame a evitar las complicaciones, porque yo las conozco todas— Trabajar con él era divertido, incluso en los momentos críticos porque aliviaba la tensión. Temprano siempre, cumplido siempre, primero siempre; llegaba con su paso algo bamboleante, su actitud jovial presumiendo ante los tardos mientras golpeaba el reloj con el índice. – Las siete son las siete jefitos–

Querido Felipe, por tu vida ejemplar, por tu generosa enseñanza, racionalidad, libertad de pensamiento, iniciativa y opinión, respeto al disenso, receptividad y entusiasmo ante las nuevas propuestas. Por tu disposición al diálogo, sin esgrimir el rango profesoral para imponer opiniones. Por tu gratitud a la crítica, inquietud experimental, pensamiento lógico y activa presencia. Por tu laboriosa creatividad, amor al arte y tu cotidiana refrendación de que a veces, como decía Renán, en el trabajo de la ciencia uno puede amar lo que destruye, uno puede continuar el pasado renunciando a él, y uno puede honrar a su maestro mientras lo contradice... Por eso y más te lloramos y nos obligamos con tu legado.

 

 

 

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