Ivo Pitanguy

JORGE ARTURO DÍAZ REYES

Resumen

 

Ivo Pitanguy con el autor, en el Hotel Intercontinental de Cali, durante el III Curso Internacional de Cirugía Estética de la SCCP, junio 28 de 1982.

El seis de agosto pasado, a las cinco de la tarde, se detuvo el corazón de Ivo Hélcio Jardim de Campos Pitanguy. Tenía noventa años y una insuficiencia renal. Pocas horas antes ha-bía recorrido en silla de ruedas un trecho de las calles de Río con la llama de los juegos olímpicos en sus manos.

Murió como vivió, en el seno de su pueblo y bajo el ojo de los medios. Murió en su ley, sin rendirse, ni siquiera ante la enfermedad. Murió como lo mereció, en la cumbre de su presti-gio, respeto y adoración.

–Dichoso el hombre que conoce la tierra donde va a ser sepultado– Proverbio amazónico indígena, con el cual cerró su temprana autobiografía (Direito a Beleza)1 publicada treinta y tres años antes, refiriéndose a su isla personal “Agua Branca” en Angra dos Reis.

Figura insoslayable. La prensa mundial hizo eco de su falle-cimiento –el cirujano plástico más famoso del mundo– decían ¿Por qué? Porque así era. Cargaba sin agobio una enorme cele-bridad, comparable con aquellas que marcaron épocas en la historia de la cirugía, sin importar que luego esta, escrita por generaciones avanzadas, ya libres de la idolatría coetánea, no las absolviera todas. La suya seguramente sí.

Pues aunque su fama no le debe tanto a sus descubrimien-tos e innovaciones como a su éxito (sí, a su éxito en sí, ese becerro de oro del posmodernismo), él no confió el suyo a las volátiles arenas de la publicidad que lo mitificaron y proyecta-ron, sino que trató de anclarlo a las losas del hipocratismo –

Amar la belleza, amar la humanidad, amar la medicina.

Quizá no fuera el mejor cirujano plástico, rango imposible de asignar con seriedad, tampoco el primero ni el único de su generación, ni quizá el más diestro, ni el más creativo, ni el más acertado, ni el más eficaz, ni el más sabio, ni el más prudente, ni el más audaz, ni el más artista. Pero en conjunto pudo haberlo sido, y de hecho para el imaginario global, el idola fori univer-sal, lo fue. Su gran capacidad de comunicación su presencia mediática, su inmensa demanda, la notoriedad de muchos de sus pacientes, que no callaba, la autoridad académica y clínica que ejerció sobre la especialidad, su fortuna y hasta las envi-dias que despertó lo indican.

Miembro de la Academia Brasilera de Letras. Septiembre 24 1991.

No puedo olvidar aquella tarde de verano del 83 en Montreal, durante el VIII congreso mundial de la IPRAS. Se le esperaba con cierta tensión, rumores, maledicencias de corrillo. La espi-na era su estrellato. Llegó a la hora de su conferencia2 y avanzó hacia el estrado, solo, con la frente alta, por el pasillo central del salón que parecía un saloon atestado y expectante. Solidario, me incorporé y le estreché la mano –Vengo a dar esta charla y me voy a Suiza, a esquiar con mi familia– Me dijo con cierto hastío.

No más apagarse la luz y proyectar la primera diapositiva, como por compromiso, un ruido de sillas plegándose ahogó el altavoz y el auditorio quedó a tres cuartos. Era un desaire pre-meditado. “Hay quienes no perdonan el éxito”, escribiría después refiriéndose a otras incidencias. Pero lo cierto es que la mayoría le rinde culto. Él mismo fue una prueba.

Hijo de cirujano, comenzó casi niño a frecuentar la consulta, la visita domiciliaria y el quirófano en su natal Belo Horizonte, por entonces pequeña y provinciana ciudad. Se desmayó en la primera cirugía que presenció, y tras una adolescencia larga de alumno indolente, divagante por los deportes, la literatura y las artes –lo único que me interesaba– extravió el proyecto de seguir la carrera paterna –entraba al consultorio solo para pedir dinero–.

Al fin, decidió inscribirse en la Facultad de Medicina de la Universidad Federal de Minas Gerais, y pronto trasladarse a la Universidad de Brasil en Río de Janeiro donde como estudiante no rico se graduó y comenzó a trabajar en servicios de urgen-cias, en las favelas y barrios humildes. Operaba ya de todo. Era 1946, primer año de la posguerra mundial.

El inglés por correspondencia y una beca le lanzan al Hos-pital Bethesda de Cincinnati para formarse como cirujano ge-neral. Lo abruman el gigantismo, el pragmatismo y el conservatismo Midle West. Novato, en busca de un refresco pasa una noche casi mortal atrapado en una nevera (cuarto frío). Conoce a John Longacre recién llegado de Inglaterra y exalumno de Guillies y McIndoe, sus posteriores maestros, lo inicia en la adicción de la reconstrucción. Un trabajo que los cirujanos generales entonces despreciaban relegándoselo; narices y orejas deformes, labios fisurados, cicatrices, quema-duras… ¿Es suficiente salvar la vida? ¿Valdrá esa vida la pena de ser vivida? Se pregunta.

Dos años pasan, visita el hospital John Hopkins de Baltimore, la Clínica Mayo de Boston, recorre los Estados Unidos, le ofrecen quedarse, pero ansioso de volver a Río para sumarse con su aprendizaje a la generación que ya con-solidaba la nueva especialidad en su país, toma un barco en Nueva York.

Las ilusiones chocan contra la realidad. La indiferencia y “la envidia medicorum” le reducen a médico de ambulancia. Pequeño campo para tanto ímpetu. Quiere sitio, quirófano, cátedra. Se revela, desespera por despachos oficiales, pelea, es-cribe un informe de 40 páginas, y logra que le nombren cirujano general en el Pronto-Socorro con un magro salario –lo que real-mente buscaba era difundir mis ideas–.

Se inventa un curso nocturno, de anatomía quirúrgica en la morgue, situada cerca del mercado, uno de los sitios más peli-grosos de Río. Arriesgaba mucho, dormía poco, ganaba nada –

Cada día recibía mi lote de miserables, vagabundos, deformes. Todo el día operaba–.

Recluta un grupo de jóvenes adeptos, y es nombrado di-rector de un incipiente servicio de quemados y de la mano en 1949. Dos años después conoce dos personas que cambian su vida. María Lourdes Nascimento “Marilú”, quien sería su esposa, y Marc Iselin quien le invita como residente itinerante a Francia.

Viaja financiado por la Alianza Francesa. Entre Nanterre y Paris, en motocicleta, entre los altos y los bajos fondos, entre la cirugía y la bohemia escancia las noches insomnes; Juliette Greco “La musa de los existencialistas”, le lleva por los cafés Deux Magots y Flore, y el bar Montana, santuarios intelectua-les; Sartre, Vian, Bechet, Genet, Laurent le conocen… Iselín desaprueba jovial esas escapadas noctámbulas y esas “malas” compañías –Es gente que prefiere la inacción de las palabras a la eficacia de los actos. Pero hay que esperar que la juven-tud te pase–.

Una beca del Consejo Británico le lleva a Londres un año después. Sir Harold Guillies le dice –No soy pionero, la ciru-gía plástica es un arte antiguo, y no me llames doctor y se lo encomienda a su primo Sir Archibald McIndoe –Un colo-so, con espalda de estibador, cuello de pesista, manos de leñador, y pecho de barítono, pero modesto, sincero y ca-paz de reconocer sus errores– quien lo inicia en las técnicas de la cirugía estética y le conecta con Kilner, maestro en malformaciones congénitas. Dos años en Europa y de nuevo a su tierra.

Necesita operar, demostrar, convencer, situar la cirugía plás-tica, un trabajo subestimado, de poca consideración para las otras especialidades. –Síganme por todas partes, oigan y pre-gunten– les dice a sus cinco primeros apóstoles.

Sir Harold Guillies y su primo Sir Archibald Mc Indoe, dos de sus maestros

Hacinados en su viejo Mini Morris, con la Leica y el instru-mental en el baúl, recorren sin descanso los hospitales y las clínicas de Río –como nómadas– operando sin tregua, aquí y allá, mañana, tarde y noche. –Está más pálido que los pacientes, vaya al médico– le dice su secretaria Rose Mary con sorna.

Aun como cirujano general, lucha por crear un servicio de cirugía reconstructiva. La falta de recursos y la indolencia bu-rocrática le irritan. Rebelde, choca contra las autoridades de salud. Sin pertenecer a ningún clan político es derrotado una y otra vez. Le ofrecen una jefatura clientelista y la desecha –Ese tipo de compromisos me da nausea–.

Elijen presidente de la república al médico, paisano y amigo de su padre, Juscelino Kubitschek, el constructor de Brasilia. Se reúne con él –¿Un servicio de cirugía plástica, en qué con-siste esa disciplina Ivo?– le pregunta el médico-presidente, pero le concede. Cada nivel del ministerio de salud le amputa para sí una parte al proyecto hasta dejarlo en nada. Embiste por años –En esa época ignoraba que el mismo presidente es im-potente ante sus laberintos burocráticos–.

El presidente Kubistchek y el cirujano Pitanguy en los años cincuenta.

En 1955, su año más propicio, se casa. Oficia Don Hélder Cámara “El obispo rojo”. Funda la 38ª Enfermería del Hospital Santa Casa de Misericordia. Recibe título como Jefe de servi-cio, y es nombrado profesor de la Universidad Católica de Río. Eso le permite realizar el sueño de fundar una escuela incorpo-rando otras disciplinas; ortopedia, mano, maxiolofacial... –Una particularidad de los grandes hombres ya se trate de filósofos, pintores, estrategas es que formaron escuelas. Platón, Rubens, Clausewitz tuvieron alumnos–.

En 1961 el incendio del Circo Americano en Niteroy deja muchas víctimas sometiéndoles a él y a su grupo del Pronto Socorro a una prueba infernal. Sin dotación ni infraestructura suficiente tratan, operan y oran con frenesí durante tres días, descansando a escasos intervalos de 20 minutos. Es el punto de inflexión en su vida que marca el abandono de la cirugía general y la dedicación absoluta a la plástica.

En ese mismo año publica su modificación a la técnica de mamaplastia reductiva de Arie3,4 la cual a partir de allí se difun-diría como Arie-Pitanguy, para con los años pasar a ser nominada solo con su nombre disparando su reputación internacional.

Funda su clínica queriendo concentrar en ella todo el tra-bajo asistencial y académico, evitar desplazamientos y agrupar

–mis médicos, formados en mi escuela, en mis métodos, que saben exactamente que tienen que hacer– Médicos que le llegan de todas partes y que luego llevan su estilo y retroalimentan su prestigio vendiendo, no siempre con deco-ro, no siempre con verdad, la marca de “Alumno de Pitanguy” en sus anuncios.

Trabaja, investiga, publica, viaja incansablemente, dando conferencias y demostraciones; globalizando su auditorio y su magisterio, siendo acogido y condecorado por sociedades cien-tíficas, universidades, academias y gobiernos. Recibiendo membresías y títulos honoríficos. Llenando la prensa. En el 2008, el New York Magazine le llama «O rei da cirurgia plástica»5, y la revista alemana Der Spiegel, «el Miguel Ángel del bisturí». La ONU, le otorga el Premio de Divulgación Internacional de Investigación Médica, y el Papa Juan Pablo II el premio de Cultura de La Paz.

Es requerido por todos, ricos y pobres, poderosos y hu-mildes, nobles y plebeyos –en el quirófano todos son igua-les– decía, y citaba las Memorias de Adriano –Es muy difícil seguir siendo emperador, desnudo en la consulta del médi-co– Los medios multiplican su renombre y la llevan mucho más allá del mundo científico y sus publicaciones. Hasta las escuelas de samba, el Carnaval de Río y los Juegos Olímpi-cos le rinden culto. Es la imagen misma del triunfo profesio-nal y social, de la popularidad; es el maestro, el imitado, el modelo a seguir.

Carnaval de Río 1999. Desfila por el sambódromo en lo alto de la carroza de la Escuela de bailarines Caprichosos de Pilares.

Pero él, siempre centrado, recuerda su primera juventud en Belo Horizonte –Entonces no me imaginaba capaz de seguir el camino de mi padre– y junto con las enseñanzas de técnica quirúrgica sigue predicando su evangelio:

“No se puede ser buen cirujano sin ser buen médico. No hay clientes, hay pacientes. Al virtuosismo estético solo se llega por el largo camino de la reconstrucción. La estética y la reconstrucción son indisociables. La experiencia no se adquie-re acumulando errores. Se puede contradecir y discutir con el maestro, no adularlo. La cualidad que más admiro en un ciruja-no es la decisión, pero una decisión consciente. Hay que ser eclécticos, toda persona nos puede enseñar algo. La cirugía plástica no es magia. Siempre trato de disuadir a mis pacientes, deben estar muy motivados y enterados de las posibilidades y límites del tratamiento.

La cirugía estética en los niños es crucial, obligatoria, los defectos físicos externos pueden marcarlos psicológicamente para toda la vida.

Cada persona, cada raza, cada edad tienen su belleza. Las arrugas son bellas, nuestra historia en el rostro, la expresividad, la personalidad. Después de operada una persona se verá más joven pero no será más joven. La flacidez de las mamas y el abdomen, las estrías, son tributos que las mujeres pagan a la maternidad, pero ellas no solo son entes reproductores, colectoras de semen, la belleza, el autoaprecio y la felicidad son su derecho. No hay una “nariz Pitanguy”. Cada paciente, cada cirugía son únicos. Las modas son efímeras. El cuerpo extraño ideal no ha sido encontrado.

El resultado mejor es la naturalidad. Una obra maestra es un conjunto de detalles, más un detalle no hace una obra maestra. Hay que oír y hablar mucho en las consultas previas, lograr el entendimiento y el acuerdo. No me enojo, no me quejo, no lloro, río frecuentemente de mí mismo…” El filósofo de la cirugía también le llamaron.

Su discurso era claro, ameno, culto, convincente, matizado de referencias humanísticas. Le conocí durante mi residencia, a comienzos de los setenta. Le miré con reverencia. Corta estatura, complexión sólida y ágil, como la de un deportista, que lo era, manos delicadas, mirada franca y una sonrisa que abría puertas. Fuimos amigos de inmediato. Me invitó a Río, lo invité a Cali. La Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica le tuvo desde sus co-mienzos como profesor y miembro correspondiente, colaborador de su revista y conferencista habitual en congresos, cursos y simposios; a través de ellos todos los cirujanos plásticos del país nos hicimos sus alumnos. Unos directos, otros indirectos.

–El mundo es un gigantesco palco en el que somos a la vez actores y espectadores… Los valores estéticos dominantes infunden en la mayoría desvalorización e infelicidad…– Ese es el campo de la cirugía plástica.

Cada quien recordará su propio Pitanguy, y cada quien qui-zás tendrá razón. Por ejemplo, el obituario del New York Times le señala como el brasileño más famoso junto al futbolista Pelé6. Tal idolatría por un cirujano plástico debe ser un fenómeno, un signo, tal vez un síntoma de nuestra era, la era de la imagen. Pero tratar de rotularlo, de capturarlo en clichés o palabras es un intento vano e injusto. No fue perfecto, fue humano, mucho, y como decía, los defectos existen para contrastar las virtudes.

Él puso los y las suyas, ambición, generosidad, amor pro-pio, dedicación, diligencia, vigor, piedad, tenacidad, inteligen-cia, bondad, maestría, magnetismo, atractivo mediático, impacto social, ingenio, al servicio de una especialidad indispensable, que ha beneficiado a muchos. La situó, consolidó y enriqueció con aportes originales a la técnica operatoria y a la práctica en general, contribuyendo como pocos a llevarla cerca de todos, a democratizarla. Su vida fue una entregada vocación a lo que definía con palabras de Stendhal: esa promesa de felicidad que es la belleza.

Bogotá, Club Militar, 1962. SCCP. Primer Congreso Latinoamericano Zona Norte. Ivo Pitanguy, segundo de izquierda a derecha en la primera fila después de Fortunato Benaím y seguido de Ángel Arcos, Richard Stark, Arthur Barsky, Ernesto Malbec, Bromely Freeman, Guillermo Nieto Cano (presidente del congreso), Claudio Ardau, Ralph Millard, Guillermo Rojas, Delfín Borrero y Felipe Coiffman (secretario del Congreso). Foto: libro, La Cirugía Plástica en Colombia, Ricardo Salazar. Medilegis 2006, p. 133.


* Director Revista Colombiana de Cirugía Plástica y Reconstructiva.
Correo electrónico: jadir45@gmail.com

Referencias

1.Pitanguy I. Direito a Beleza. 1ª ed. Río de Janeiro; Editora Vozes Ltda. 1983.

2.Pitanguy I. Team aproach to the simultaneous surgical correctiono of multiple aesthetic problems. Transactios VIII Congress International of Plastic surgery, Montreal june 26 – juli 1º 1983. IPRS, Montreal 1983, pp. 580-581.

3.Arie. G. Una nueva técnica de Mastoplastia. Rev. Latinoamer. Cir. Plast. 1957;3: 23.

4.Pitanguy I. Aproximação eclética ao problema das mamaplastias. Rev Bras Cir 1961;41:179.

5.New York Times, May 3, 2008, p. A10 Natasha Singer, «For Top Medical Students, Appearance offers an Attractive Field» New York Times, March 19, 2008, pp. A1, 12.

6.N. Singer. Obituary, Ivo Pitanguy, Plastic Surgeon to the Stars and a Celebrity Himself. New York Times, Aug 7, 2016.

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