Estética de la pandemia III - (Aesthetic of pandemic III)

JORGE ARTURO DÍAZ REYES

Resumen

Año y medio ya de la pandemia más global en la historia. Vislumbrada el 31 de diciembre de 2019 en Wuhan, reconocida como tal por la OMS el 6 de marzo de 2020.
Año y medio de costosa guerra. La humanidad junta, por fuerza y también por primera vez, mas no unificada, contra un mismo enemigo. Son dos frentes; uno incontable, supraprolífico, implacable, homogéneo, y el otro, contable, de lenta reproducción, inconstante y heterogéneo.
Año y medio, y el asalto, en vez de amainar, arrecia. La sorpresa, la exacta programación bioquímica de las miríadas virales y su agresiva uniformidad (pese a las mutaciones) les han dado ventaja sobre la imprevisión, el abigarramiento y la desarticulación del bando humano, el cual, de manera dispar y hasta hoy ineficaz, esgrime su arma histórica exclusiva; la que le ha valido ganar tantas batallas, proliferar y prevalecer en la naturaleza: la razón. Pero ella, siempre libre, individual, errante, urde, como el corazón de Pascal, razones que la razón no comprende. Puede crear, destruir, organizar, desorganizar, de- fender, atacar o disparar a discreción fuego amigo según se oriente o desoriente por coordenadas hormonales, afectivas, culturales, políticas, económicas, ideológicas.

Por domar esa natural errancia, fijar su objetivo, afinar el tino, la probabilidad y sobre todo la utilidad, el hombre desarrolló el pensamiento científico: su versión más rigurosa, menos falible, aunque también sujeta a error (materia prima).
Su método potente, demostrador y productivo le ha ganado una fiabilidad tan fuerte como la de los credos religiosos, estéticos, filosóficos..., con los cuales apuesta en el imaginario general sus lógicas, verdades y hasta su propio apocalipsis, pues la técnica que ha creado se le va de las manos y amenaza ya la misma especie, su biosfera, su mundo.

Esta confrontación de sistemas, que para bien y para mal, hace crisis en las grandes calamidades, guerras, pestes, hambrunas, cataclismos..., afecta las reacciones, la vida y la muerte de grandes porciones del rebaño, que históricamente ante las catástrofes que lo desbordan ha escapado del cerco racional hacia lo sobrenatural, buscando protección, respuestas, milagros y cuando no, consuelo; atropellado entre pánico y control, entre gregarismos e individualismos, entre la salvación colectiva, corporativa o personal.
Implorando, negando, culpando, culpándose, penando, castigando, sacrificando. Dando prelación a la intuición, la imaginación; al miedo antes que a la cordura, el examen, la evidencia. E incluso, ahora, en tiempos de ciencia y tecnología, invocando estas mismas con idolatría parodójica; tecnicismos, cientifismos, seudocientifismos...

Porque la inminencia mortal desespera, empuja, enajena, y la ciencia, que actúa siempre a relance de los hechos, observa, mide, cavila, discute, deduce, prueba, reprueba, publica, se somete a escrutinio, refutación… y en esas llega siempre tarde (así esto sea mejor que nunca). ¿Cuántos milenios para elaborar el concepto de vacuna? ¿Cuántos para desarrollar cada una de las nuevas? ¿Cuántos para construir los nunca suficientes mecanismos de bienestar, prevención y salubridad pública? Entre tanto, la suerte queda encomendada otra vez al azar, la divinidad, el mandatario, el orador, el maestro, el sagaz, el carismático, el caudillo, el charlatán, el “influencer”...

En esta pandemia sui géneris por su globalidad, inmediatez e hipercomunicación, la conducción, el destino, el más alto poder de decisión están, como tantas otras veces, en las manos de las muy diversas jerarquías políticas que rigen cada estado. No en la ciencia (nivel secundario de consultoría y acatamiento discrecional en cada caso).
Las organizaciones internacionales como la ONU, los bloques continentales y regionales, la OMS, no superan el nivel asesor. Y desde ahí han sido incapaces de construir nunca una coordinación (unificación) mundial. Atajados por intereses, ambiciones, recelos, tensiones, conflictos intra y extra fronterizos. La subjetividad, la contrainformación, las contradicciones, las falsedades repetidas, los tumbos, nos muestran hoy más como una multitud desconcertada, que como un ejército en orden de batalla.
Por ejemplo, Justin Welby, arzobispo de Canterbury, clama en una entrevista con El País de Madrid, que el nacionalismo de las vacunas es un desastre. Por su lado, las compañías farmaceúticas defienden sus monopolios ante la protesta mundial (Christopher Rowland, Emily Rauhala y Miriam Berger Domingo, 21 de marzo de 2021, https://www.washingtonpost.com/).

“El mundo no ha logrado hasta hoy abordar la naturaleza global de la pandemia con una respuesta global adecuada y eso ha llevado a tragedias…”, afirma el inmunólogo Anthony S. Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE.UU. y asesor de los dos últimos presidentes del país en la lucha contra el COVID-19.
En el primer trimestre del año pasado, mientras la peste remontaba, los periódicos y la red difundían frases de influyentes mandatarios nacionales. Para ilustrar sin ofender suceptibilidades y afectos, podemos omitir los nombres de algunas escogidas al azar:
“Es apenas una pequeña gripe”. “Es solo una persona que vino de China y lo tenemos bajo control. Todo va a estar bien”. “Es la venganza de dios a los países occidentales que impusieron sanciones a nuestra nación”. “Si pueden hacerlo y tienen posibilidad económica, pues sigan llevando a la familia a comer a los restaurantes”. “No hay virus aquí. No los has visto volar, ¿verdad?”1. Al tiempo que, resignados, otros países pedían entendimiento internacional para combatir futuras pandemias, ya que no esta.

Por su lado, George Biden, el 3 de marzo de 2021, refiriéndose a las decisiones de sus gobernadores estatales en oposición a la obligatoriedad del tapabocas y a las vacunas, las llamó “pensamiento Neandertal”.
El 30 de abril, Jean Hoffman encabezaba su columna en el New York Times: “Fe, libertad, miedo: los escépticos de la vacuna Covid en las zonas rurales de Estados Unidos. La resistencia está muy extendida en comunidades republicanas blancas…”.
Ensombrecen aun más el cuadro, los concomitantes estallidos sociales y la violencia no evitada o alentada en y entre diversos países. “La guerra es algo muy serio para dejarla en manos de los generales”, dijo Clemenceau, médico, periodista, político y jefe de gobierno francés, victorioso en la llamada primera mundial. Pues también una pandemia es algo muy serio para dejarla en manos de los políticos, podríamos parafrasear todos, enfermos, dolientes, médicos, epidemiólogos, intensivistas exhaustos y hasta la desacatada Organización Mundial de la Salud, creada supuestamente para nuclear la defensa global sanitaria.

Tres millones y medio de muertos (de seguro más, según los estadígrafos). Todos duelen. Sí, más de tres millones y medio en el mundo… y aumentando vertiginosamente, pese a los confinamientos, la terapia y la desesperada y variopinta vacunación. Eso nos hemos dejado hacer del virus en dieciocho meses. Es ahora cuando esta cifra pavorosa nos pone trágicamente frente a la nariz la gravedad de la imprevisión, la insolidaridad, la desigualdad, los bandazos y la falta de liderazgo cuerdo. Ahora, cuando algunos de los más poderosos gobernantes nacionales han renegado de la ciencia y la realidad, y no terminan por aceptar la indispensable unidad de criterio y acción. Ahora, cuando queda otra vez en evidencia nuestra vanidad de amos de la naturaleza, de medida de todas las cosas y de la conveniencia propia como patrón de la verdad.

Es ahora cuando resulta más urgente defendernos de nosotros mismos, conciliar las creencias y saberes en favor de la manada, en lugar de volver espaldas a los hechos y echar a correr. Despertar y entender de una vez que para el virus, como para el cambio climático y la estupidez, no hay fronteras, razas ni clases. Que la enfermedad de uno es la de todos. Que ninguno está seguro hasta que todos estemos seguros. Que la muerte de uno, como decía John Donne, merma la humanidad entera. Que la “normalidad” en la vida no volverá (si es que vuelve), hasta que los casi ocho mil millones que somos, hayamos adquirido la inmunidad de rebaño. Por una de dos vías: natural o artificial. Bueno, todos no. Quizá baste del 70 al 90% para que cese la pandemia y disminuya (no desaparezca) su mortalidad, según ha enseñado a los epidemiólogos la sufrida historia.
Sopesar que la primera opción, la clásica, la biológica, la de que sobreviva el más apto, es brutal. Significa esperar a contagiarnos todos y ver caer a los vulnerables que han o hemos de morir. Lo que al módico 3% promedio (letalidad actual de la enfermedad), equivaldría más o menos a 240 millones de personas fallecidas. Una hecatombe, a cambio de que el resto, el 97% de sobrevivientes, quedarán a salvo (hasta la siguiente pandemia).

La segunda, la científica, la médica, la vacunación, es menos animal, más humana. Sin ella, las medidas terapeúticas y preventivas (tapabocas, lavado de ma- nos, distanciamientos, aislamientos, toques de queda, neurosis masiva, etcétera) solo retrasarían, con todas sus consecuencias, la llegada del fatal porcentaje darwiniano. Pero la campaña de inoculación que comenzó en forma hace seis meses apenas, avanza lenta, desigual, discutida y accidentada en medio de la diversidad de vacunas, de marcas, competencias, cuestionamientos, desconfianzas, distribución asimétrica, privatización e inaccesibilidad para la mayoría indispensable. Mientras un clamor por liberar las patentes de las actuales vacunas desborda los medios y las redes.

Es así como vamos...

A esta madrugada, por ejemplo, Estados Unidos ha vacunado (dosis total) solo el 39% de su pobla- ción, España, el 17%, Colombia el 6,1%, y otras naciones aún menos. ¿Cuántos van en todo el mundo? Aproximadamente 700.000.000, el 9%, y estamos hablando a las 7:00 de la mañana del 24 de mayo de 2021. Cifras recopiladas de fuentes gubernamentales por el proyecto Our World in Data de la Universidad de Oxford.2
La desigualdad en el acceso a las vacunas lastra la lucha contra el COVID-19. Líderes globales advierten que las vacunas serán inútiles si los países de bajos ingresos no tienen acceso a ellas y esto da al coronavirus la posibilidad de seguir mutando. Anuncia el 12 de abril de 2021 https://www.dw.com/es/la-desigualdad-en-el- acceso-a-las-vacunas-lastra-la-lucha-contra-el-covid- 19/a-57172855.
Entre tanto, la siguiente ola del tsunami viral se nos abalanza, el desasociego cunde, las cifras de contagio y letalidad ascienden justificando coerciones, clausura de comercios, prohibición de acercamiento, de actividades culturales, y lanzando al vacío las expectativas económicas y la calidad de vida.
Unos optan por negar la realidad y seguir con los faroles, muchos por paralizarse, no menos por la desesperación. La crisis de confianza, la ignorancia, el miedo, alientan supercherías, actitudes bizarras, prejuicios, fundamentalismos, populismos, autoritarismos, xenofobias, discriminaciones, crímenes de odio. Hacen un río revuelto que ofrece ganancias para pescadores oportunistas, emprendedores, flautistas de Hamelin. Ha sido la cotidianidad de la crisis.
El 21 de marzo de 2021 el papa Francisco denunció que las mafias, que están en todos los rincones del mundo, están explotando la pandemia y se están enriqueciendo con la corrupción.3 

Y las imputaciones de culpablilidad a China ponen como blanco de iracundos a todos los asiáticos. Tanto, que el 13 de abril, el Washington Post advierte que el Senado norteamericano prepara una medida bipartidista poco común, dirigida a los crímenes de odio contra los estadounidenses de tal origen.
Pero también hay los que piensan, investigan, resisten y luchan adaptándose a los recursos que la crisis ofrece. Para ellos, ni fugas, ni castillos en el aire, ni estupor. Riesgo, valor y trabajo duro. Son los que mantienen la primera línea. En cada país, el personal de salud se ha sacrificado por la defensa como ningún otro cuerpo. Se ha expuesto, venciendo la fatiga, comprometiendo sus familias, priorizando su deber sobre sus conveniencias personales, postergando sus derechos, y sus ingresos económicos. Subordinando especialidades “no esenciales” en la urgencia y sometiendo esos trabajadores al paro.
En la mayoría de países, la cirugía plástica en general y la estética en particular han sido quizá las más damnificadas. Sus actividades, asistenciales, académicas, gremiales y promocionales, se han restringido, virtualizado y despersonalizado como nunca. De un momento a otro pasó del consumismo al ostracismo.
La sumisión a la emergencia de los recursos hospitalarios, personal, planta física, dotación, insumos, quirófanos y sobre todo unidades de cuidados intensivos (UCI), cuya disponibilidad es premisa para “megacirugías” cosméticas (lipoesculturas, por ejemplo), desplazaron a estas desde comienzos de la pandemia, de manera que han pasado de ser una de las más demandadas y, en consecuencia, demandadoras de tales recursos, a ser la menos, a la exclusión y la prohibición.
Eso institucionalmente. Privadamente, la cirugía plástica simplificada, de consultorio, con anestesia local o regional y ambulatoria, la llamada “office surgery”, tan popular hasta comienzos del presente siglo precisamente por su siempre justificada economía y racionalización del uso de recursos hospitalarios indispensables en otras especialidades vitales, y últimamente anatematizada por los fundamentalistas de la “seguridad” y posibles intereses en el mercado de servicios, ha comenzado a ser mirada con otros ojos.

Quizá esto explique también la excepción de países como Corea del Sur, Japón y Estados Unidos, en donde la cirugía estética no solo no ha disminuido su número total de procedimientos durante la pandemia, sino que lo ha incrementado hasta en un 10% según informaba Sophie Williams en julio 11 de 2020.4
El procedimiento plástico, la restauración de la ima- gen humana y su función, desde luego no siempre es prioridad vital, pero tampoco superfluo. Hace parte integral de la calidad de vida, del bienestar físico, men- tal y social que comprendemos como salud. Y esta es una consideración médica fundamental. Prevenimos para vivir (una vida vivible); si no, para qué. La cirugía plástica puede aceptar su temporal postergación, como ahora, en aras de lo elemental primario: la sobrevivencia; mas no puede aceptar la supresión total de su servicio. La responsabilidad con los pacientes la obliga ética- mente a continuar, donde y como sea más útil, adaptándose a las circunstancias

Texto completo:

PDF

Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.